jueves, 5 de diciembre de 2013

Estallido de otoño en el Valle del Genal



El otoño ha estallado en la cabecera del río Genal. La recolección de la castaña ha terminado y con ella las celebraciones que cada año acompañan esta actividad. El campo ha recuperado su equilibrio y la soledad ha vuelto a las laderas de estos valles. Los castaños han dejado caer los erizos, esas capas cubiertas de espinas que contienen sus frutos. Y aunque las hojas ya han iniciado su inexorable caída, todavía los árboles no están desnudos, sino que cambian de color mostrando cuántos tonos puedan imaginarse. Los múltiples verdes dan paso a infinitos tonos entre amarillos, anaranjados, rojizos y ocres. 






Los colores se superponen, se mezclan en una estampa impresionista. El silencio sólo cortado por el ruido de nuestros pasos sobre las hojas caídas porque un manto cubre ya el suelo. Una sorprendente alfombra a nuestros pies. Entre las copas de los árboles se filtra la luz encendiendo aún más estos colores e iluminando el suelo en tonos ocres.





Estamos en el corazón del reino del castaño. En el Valle del Genal. Un verdadero imán que cada año atrae a senderistas, fotógrafos, naturalistas o simplemente amantes de los paisajes. Buscando, todos ellos, el espectáculo del otoño. Un momento de luz que incide sobre este horizonte. Una espectáculo efímero. Porque en estos indescriptibles lugares los cambiantes paisajes son los auténticos protagonistas. Y hay que elegir bien el momento. Entre finales de octubre y finales de noviembre el otoño está en todo su esplendor en estos valles.




El Genal es un mundo aparte. Los pueblos blancos cuelgan encaramados en las laderas de las sierras calizas: Igualeja, Cartajima, Pujerra, Jubrique, Faraján, Parauta y Genalguacil. Todos se miran pero apenas se conocen. Son pueblos vecinos pero separados por profundos valles cubiertos de bosques de castaños. Las carreteras no han llegado aquí hasta bien entrado el siglo XX y conservan todavía un entorno de una belleza salvaje. 


Para adentrarnos en este enorme castañar existen muchas alternativas. En nuestro caso, iniciamos la caminata en Pujerra, donde se acaban las carreteras y comienzan los caminos, en busca de los senderos que debían llevarnos hasta Igualeja. Aunque ya conducir por la propia calzada hasta estos pueblos es un regalo para los sentidos. Ya en Pujerra, hay que subir hasta la parte más alta del pueblo para conectar con el camino de Estepona, una antigua cañada con cemento sólo en su tramo inicial. 


Ascenderemos hasta unas altas antenas para continuar por la loma de la Hiedra siempre con magníficas vistas. A partir de aquí, debemos continuar siempre de frente ignorando algunos desvíos a la izquierda e incluso tener cuidado con una deficiente señalización que puede llevarnos a confusión. Buscaremos un tramo de asfalto hasta que, tras unos 2 kilómetros, en las proximidades del puerto del Hoyo nos encontraremos con una cancela a la izquierda que debemos superar para llegar hasta a la antigua venta Guaitará y desde allí otro sendero enlaza con la carretera de Igualeja. 


Sin embargo, puede llevarnos un tiempo encontrar la senda correcta en este laberinto de carriles porque en ocasiones tendremos que optar entre varias alternativas sin ningún tipo de indicaciones. Pero todo ello forma parte de su atractivo. Incluso, en ocasiones, se agradecerá perderse literalmente bajo las copas de estos castaños que cubren este entramado de caminos para conocer nuevos rincones en lo más profundo del bosque y descubrir, entre la hojarasca que nos rodea, múltiples postales otoñales. En todos los casos, cuando decidamos dar por finalizada nuestra excursión, una sola idea atrapará nuestra mente: volver de nuevo el próximo noviembre.

(Fotos Nacho Castillo y A.M.B.)























































































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