jueves, 10 de octubre de 2013

La carretera de los fiordos noruegos (E 39)

Conducir en Noruega es una experiencia en sí misma. Hay una sorpresa esperándonos detrás de cada curva. No debe haber sido nada fácil construir estas carreteras, se atraviesan un sin fin de islas, glaciares, cascadas y fiordos, y cuando el fiordo es demasiado ancho para construir un puente o un túnel, la travesía se tiene que efectuar en ferry. La mayoría de los fotos que se muestran en este reportaje han sido captadas desde un vehículo en movimiento. Algunas movidas, en otras aparece mucho asfalto, incluso otros vehículos ocupando la calzada, adolecen de un encuadre adecuado y todas en general ofrecen una realidad parcial porque resulta difícil recoger tantas sensaciones. Es el peaje que tenemos que pagar por intentar captar uno de los lugares más espectaculares del mundo para viajar.

La carretera que hemos recorrido no es una de las esas vías turísticas tan valoradas que nos transportan a lugares remotos. Pero es la única que, siempre paralela a la costa atlántica, atraviesa la totalidad de los fiordos, constituyendo además una ruta fundamental para la vida y el desarrollo de este país nórdico. Sin duda un compendio, la síntesis más completo, que bien podría resumir muchas de sus bellezas. Una carretera, la E 39, que cruza la zona de los fiordos noruegos de norte a sur, consideraba en todas las guías como uno de los lugares más bellos para conducir y dejarse llevar por paisajes de ensueño.

     Es cierto que conducir nos puede dar la libertad y el acceso a las atracciones naturales del camino. Pero resulta imposible pretender parar el coche en cada momento para disfrutar del paisaje o sacar fotos porque esta carretera es un espectáculo constante. Como una película que se proyecta delante de nuestros atónitos ojos sin dejar de aferrarnos al volante. Si nos detenemos parece que vamos a interrumpir la proyección. Es preferible que continúe. Se atraviesan lugares idílicos. Fiordos, lagos, cascadas, ríos, playas, montañas nevadas y valles de una vegetación exuberante. Paisajes en estado puro. Parece que la huella del hombre no ha alterado todavía estos parajes vírgenes. Resulta imposible pretender asimilar tantas imágenes. Unos segundos y miles de sensaciones que tenemos que guardar para toda la vida. Detrás de cada curva, un paisaje de postal; de cada montaña que dejamos atrás, un horizonte de ensueño en una sucesión constante de sensaciones vertiginosas. Un espectáculo del que podemos ser privilegiados testigos sin movernos de nuestros asientos. Y aunque tengamos la tentación de echar el freno, la mayoría de las veces no podremos hacerlo, porque muchas veces no existen arcenes, ni miradores, porque circulamos por carriles muy estrechos. Tenemos que conformarnos con disfrutar de ese documental y soñar con que este viaje no se acabe nunca.

   Por otra parte, un viaje de esta naturaleza exige programar bien en función del número de ferrys que tengamos que tomar. Existen algunas posibilidades de salirnos de la arterías principales y tomar otros desvíos para evitar algún barco, pero casi nunca merece la pena porque se puede alargar el viaje innecesariamente. En nuestro caso, hemos seguido rutas distintas de ida y vuelta a nuestra base de Bergen. En resumidas cuentas, hay que tomarse un tiempo para planificar. No es un viaje al uso. El combustible aquí es algo más caro, no existen excesivas gasolineras ni áreas de servicio, se puede descansar en algunas zonas habilitadas pero no pasar la noche. Las luces de cruce siempre encendidas, y los límites de velocidad, entre 30 y 50 kilómetros por hora en las ciudades y hasta 80 como máximo por las carreteras. Una conducción ecológica.

    Nuestro viaje discurrió entre las ciudades de Stavanger y Alesund, distante unos 600 kilómetros. La ruta en sí es muy fácil, sólo hay que seguir la indicaciones de la E 39. Lo que resulta difícil es calcular el tiempo a emplear para cubrir los diversos tramos. A veces la velocidad media puede ser de 40 por hora, porque raramente se autoriza a pasar de los 80. A las carreteras estrechas le suceden tramos sobre mar que nos exigen tomar constamente ferrys. En casi toda la fachada atlántica, sobre todo en la zona de Bergen, llueve casi todos los días del año, donde más lo hace de Europa, y eso puede retrasar el viaje. Por todo ello los horarios que se no ofrecen son soló estimativos. No cubren los enlaces marítimos ni las esperar para embarcar, por lo que hay que dejar siempre cierto margen para todas estas incidencias.

    Partimos de la región de de Rogaland, cerca de la importante ciudad de Stavanger, junto al fiordo de Lyse, una zona de formaciones rocosas de impacto. Nada más salir de la ciudad la ruta nos lleva por túneles submarinos de más de 10 kilómetros y enseguida, tras un gran puente trazado sobre una serie de islas, hay que tomar un primer barco para superar un largo trayecto marítimo. Estos barcos, como minicruceros, son un respiro en el camino porque podemos descansar y tomar algo mientras disfrutamos del paisaje costero. Ello, además, nos iba a venir muy bien porque, en nuestro caso, emprendimos el viaje al final de una dura jornada en la roca del Preikestolen. De vuelta a la carretera, apreciamos un incremento de la circulación, largas filas de coches y conductores muy disciplinados sin rebasar nunca los límites de velocidad. Pasamos cerca de la ciudad vikinga de Haugesund. Nuevo ferry hasta las islas. Ahora experimentamos esa sensación absoluta de libertad y de paz que nos transmite la exuberante naturaleza que nos rodea y un horizonte infinito. Miremos donde miremos, unas vistas de impacto. En Leirvik, en la isla Stord, tendremos que decidir porqué zona vamos a conducir ya que existen varias opciones para continuar por la parte oriental u occidental. Pasamos cerca de Ulvik, ciudad situada en el fiordo del mismo nombre. Comprobamos que, efectivamente, no abundan las áreas de servicios. Tras más de seis horas, mucha lluvia, y tres ferrys, llegamos a Bergen con las últimas luces.

    La segunda parte del viaje se realizó entre este antiguo puerto hanseática y la ciudad de Alesund. Nos espera un horizonte de bosques, valles y montañas, aún nevadas en verano. Naturaleza virgen apenas tocada por el hombre. El día está despejado y luce un espléndido sol. Definitivamente, conducir se vuelve mágico. Casas de madera, lagos de color turquesa, antiguas iglesias y un extraordinario perfil el que dibujan las montañas. Al viajar hacia el norte los días son cada vez más largos por lo que tendremos luz natural garantizada hasta después de las 24 horas, porque en esta época del año, en esta parte del mundo no se conoce la oscuridad. Carreteras estrechas interrumpidas por cascadas salvajes que se precipitan por las laderas y montañas nevadas que se reflejan en los fiordos para darle esos tonos turquesas. De Oppedal hasta Lavika navegamos a través del Fiordo de los Sueños (Sognefojrd) y después debemos seguir paralelo a esta masa de agua hasta girar al norte buscando la ciudad de Forde. Los fiordos nos invitan a tomar tentadores desvíos, pero no se puede perder la costa exterior en ningún momento. Más hacia el norte tenemos que coger tres ferrys más, casi seguidos. Navegación hasta Volda y otro salto más hasta Solavanger. Hasta que divisamos en la lejanía la idílica ciudad de pescadores de Alesund, una ciudad milagrosa, construida en medio de un conjunto de islas, con una interesante concentración de edificios modernistas y meca del art nouveau. Para llegar aquí hemos realizado el tramo más largo, de casi 400 kilómetros, que se han cubierto en unas once horas, incluyendo las cuatro conexiones con ferrys que han sido necesarias, pero no hemos tenido que salir en ningún momento de la ruta trazada inicialmente. Una prueba de fuego para los conductores por la dificultad para mantener los ojos en la carretera y no perder la concentración ante la naturaleza imponente que la rodea.

    Tras Alesund, y pese a que todo invita a ello, dejamos para otra ocasión continuar por la E 39 en dirección a Tronkheim, hacia el norte, donde conecta con la conocida carretera del Océno Atlántico, ejemplo de compenetración entre el ser humano y la naturaleza. Decidimos dirigirnos hacia el interior en busca de lugares de belleza extrema, como el fiordo de Geiranger o el parque de los Glaciares de Jostedalsbreen que documentaremos en otras entradas.


















































































































































































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