martes, 6 de diciembre de 2016

"Mi primera ultramaratón de 97 kilómetros: Gibraltar- Ubrique" por Juan Manuel Román García






Dicho así, resulta fácil decirlo; hacerlo es otra cosa. Estaba acostumbrado a recorrer distancias de esas de varias jornadas, nunca de 22 horas ininterrumpidas. No diré que sea sencillo pero, acompañado de los compañeros y compañeras que iban, lo pusieron más fácil, y qué decir de los avituallamientos. Pero vayamos por parte.
         Esta aventura comenzó a rondarme por la cabeza un mes antes, aproximadamente cuando comenzaron las reuniones para organizarla. Yo iba como organizador y terminé en el pelotón de la marcha. Hacía años que quería probarme, pero la falta de ese fondo necesario fue relegando la decisión. Sin embargo, este año aprovechando que había hecho el Camino de Santiago, las excursiones de Eurorando 2016 y la constante preparación a que he sometido a mi cuerpo podía ser el momento idóneo para intentarlo y así fue. El impulso de algunos compañeros fue vital. Gracias Vicente, gracias Juan, gracias Manolo, ellos fueron los primeros en confiar en las posibilidades de ese veterano senderista.
         Y hete aquí el viernes 23 de septiembre tomando el autobús que nos desplazaba a la hermana ciudad de La Línea de la Concepción para acometer este reto. Porque de otra forma no se puede catalogar: reto, reto conmigo, con las personas a las que quiero y respeto, que están o que quedaron en el camino, reto con la historia en definitiva.
         La llegada a La Línea sería un poco caótica y explosiva, sin posibilidad de calentar incluso, echar el pie a tierra y empezar a caminar fue todo lo mismo. Primer recuento de rigor, ver que no faltaba nadie entre nuestros compañeros de Algeciras y de zonas limítrofes. La entrada a la Roca fue explosiva, ora allá, ora aquí otra vez y enseguida hacia la Sierra Carbonera, previo primer avituallamiento líquido en la salida de La Línea de la Concepción. El ritmo de estos primeros kilómetros fue de travesía, unos 6 kilómetros por hora, incluso un poco más si cabe. El paso por calles de San Roque quedó deslucido en parte por la alternativa propuesta por el órgano rector de la policía local, puesto que fuimos sacados del centro histórico aduciendo razones de seguridad, que más pareció que se nos ocultaba de algo, sin saber de qué, tan sólo éramos un grupo de deportistas que pretendía demostrar con su ejemplo que esta actividad es una de las mejores, hermosas y más completas prácticas que se pueden realizar en tiempos de ocio. Pero esperemos que esta reflexión, si es que la lee, sirva para que esta persona, de la que depende la seguridad, tome conciencia de que esto que hacemos es muy útil, provechoso y hace a las personas mejores y más sanas, además de servir de ejemplo para muchos.
         El primer avituallamiento sólido se produjo en las afueras de San Roque, a las puertas del complejo deportivo Los Olivillos, y nuestros compañeros de Ubrique y Algeciras hicieron un trabajo inconmensurable, el aporte energético para lo que quedaba fue bestial. Cuando sólo llevábamos unos 20 kilómetros a nuestras espaldas, una quita parte del total, el Pinar del Rey y La Almoraima fueron una gran prueba de fuego. Las dunas y algún arroyo que otro -afortunadamente con poca agua en esta fecha- fueron el primero de los ensayos, provocando algún que otro accidente sin importancia y la aparición de las primeras ampollas y rozaduras.
         La Almoraima, estación de ferrocarril, lugar apacible y base de operaciones para atacar la primera de las cotas previstas, en torno a los 220 metros de altitud, el castillo de Castellar y sus 34 kilómetros se convirtieron en la primera de las pruebas de fuego. Allí un café reponedor al filo de las cuatro de la madrugada con pan calentito, manteca de calidad y de origen benaojano repuso nuestras fuerzas, aunque intactas, es verdad que tras esos 1.800 metros de subida se agradecieron las viandas. Tras lo cual se entraba en una fase como si de levitar se tratara. Unos 20 kilómetros, los que nos llevan hasta Jimena, como si fueras en andas, justo al lado de las vías del tren. Un paseo onírico, pero despierto, en los que el bramido de la berrea del macho alfa se oye perfectamente en el silencio de la noche y de pronto, el primer tren de la mañana hace sonar su silbato, como de bienvenida, anunciando la mañana. Eran las 7: 30 horas cuando el frío de la noche se hace más intenso y se proclama el amanecer. Con las primeras luces se empieza a atisbar la vida cerca de la población, porque Jimena está muy cerca, la ilusión por llegar a ese enclave hace que la marcha se acelere y el propósito de continuar se afiance en el deportista. Hemos hecho lo más difícil,  o al menos eso creemos.
         En Jimena de la Frontera la acogida del primero de sus ciudadanos, don Pascual Collado, nos hizo muy amena esta llegada, junto con la batería de alimentos que nuestros compañeros de la noche nos habían preparado, conjuntamente con los de la mañana, que tomaban su relevo, y que hacen de nosotros mujeres y hombres nuevos que empiezan una segunda etapa y la más importante. Puesto que en este punto se encuentra el momento de inflexión de la prueba. Los 14 kilómetros que van desde Jimena a la Venta Marín, con las Asomadillas, hacen de esta cota el punto más duro de la ascensión, con sus 600 metros de altitud. En ese momento comenzaron las dudas para muchos. El trabajo psicológico ingente de algunos de nuestros compañeros para con otros que no van tan bien hacen su labor casi impagable. Permítanme que la denomine de titanes, esa es la mejor acepción que puedo encontrar. En el momento que muchos pretenden abandonar, ahí están ellos, dando esa palabra de aliento y ánimo tan necesario.
         Ya en la Carrera del Caballo solo quedaban 20 kilómetros para completar la prueba y prácticamente el pescado estaba vendido. Sólo quedaba una quita parte del recorrido pero comenzaba el calor a hacer estragos y las dolencias casi insoportables, es el momento de sacar casta y el orgullo, conseguir el objetivo, y ese creo que es el momento, en el que nadie renuncia a la gloria de llegar, queda un último esfuerzo. La subida al Mojón de la Víbora, desde Los Charcones, son unos 6 kilómetros durísimos, pero gracias al respaldo del grupo se hacen llevaderos y animosos, Vemos las estribaciones del puerto. En aquellos precisos momentos no había quien nos parara, desde allí se divisaba Ubrique.
         Los recuerdos se amontonaban en una mente ya maltrecha, pero no olvidábamos a los seres queridos que, de alguna manera, han movido nuestras piernas, los que están y los que desafortunadamente nos dejaron, pero que han servido de impulso para esta gesta, porque se puede catalogar de gesta sin ningún tipo de ambages, y la entrada por la avenida de España, en loor de multitud solo hacía justicia al logro conseguido.
         Gracias compañeros por haberme hecho sentir un deportista de élite, a lo largo de 22 horas y con 57 años a mis espaldas.




















































   


(Fotos: Club Senderista 3 Caminos, de Ubrique)




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